
La telecirugía robótica ha pasado en cuestión de años de ser una demostración puntual para congresos médicos a convertirse en una herramienta con uso asistencial real en España. Entre Barcelona y Las Palmas de Gran Canaria se ha activado ya un programa clínico estable que permite operar a pacientes de urología a miles de kilómetros de distancia sin que tengan que salir de su isla.
Este proyecto conecta de forma permanente la Fundació Puigvert, en Barcelona, con el Hospital Universitario San Roque, en Las Palmas de Gran Canaria, mediante una infraestructura específica de comunicaciones y un sistema de cirugía robótica de última generación. El objetivo no es hacer un “show” tecnológico, sino consolidar un modelo reproducible que pueda llevar la cirugía de alta complejidad a zonas alejadas de los grandes núcleos sanitarios.
Un programa clínico pionero en Europa
La iniciativa se ha presentado como el primer programa clínico estructurado de telecirugía robótica entre Barcelona y Canarias y uno de los primeros de Europa concebidos como red asistencial estable, no como ensayo aislado. Lo lidera el urólogo Alberto Breda, subdirector del Servicio de Urología y jefe de la Unidad de Urología Oncológica de la Fundació Puigvert, además de presidente de la Sección de Cirugía Robótica de la Sociedad Europea de Urología (ERUS).
Desde la capital catalana, Breda se sienta en una consola robótica equipada con mandos tipo joystick y visor tridimensional, y dirige los brazos del robot que se encuentran en el quirófano de Gran Canaria. En la otra punta de la conexión, el cirujano robótico Pablo Juárez del Dago, director del grupo urológico GUA-Urointec, coordina el entorno quirúrgico y asume el control directo si se produce cualquier incidencia técnica o clínica.
El programa conecta a los dos hospitales a unos 3.000 kilómetros de distancia a través de una infraestructura desarrollada por Edge Medical, basada en una línea dedicada de alta capacidad entre Barcelona y Las Palmas. No se trata de compartir una red comercial, sino de disponer de un circuito exclusivo diseñado para asegurar estabilidad y seguridad en cada intervención.
Según explican sus responsables, la clave del salto cualitativo está en que la telecirugía se integra en la actividad asistencial habitual de ambos centros. No es un caso único para la foto, sino un modelo de trabajo que se repite, se mide y se perfecciona, con protocolos, formación específica y un marco legal y organizativo trabajado durante más de un año y medio.
Así se opera a 3.000 kilómetros: tecnología, latencia y seguridad
En la práctica, el procedimiento se parece mucho a una cirugía robótica convencional. El cirujano en Barcelona no toca al paciente, sino que se coloca frente a la consola, mira a través de los binoculares y mueve los joysticks que controlan los brazos robóticos situados junto a la mesa de operaciones en Canarias. La diferencia es que esos movimientos se envían a través de la red dedicada que une los dos hospitales.
Uno de los factores críticos es la latencia, es decir, el tiempo que tarda en viajar la orden desde la mano del cirujano hasta el brazo del robot. En este programa, la latencia media registrada se sitúa entre 30 y 70 milisegundos, una fracción de segundo prácticamente imperceptible para el cerebro humano y muy por debajo del umbral de unos 200 milisegundos a partir del cual la precisión podría verse comprometida.
Breda ya había probado esta tecnología en escenarios más extremos: en 2024 realizó una nefrectomía parcial transcontinental entre Burdeos y Pekín, donde la latencia llegó a unos 132 milisegundos. Aquella experiencia se consideró un hito mundial en telecirugía y sirvió como prueba de concepto. El paso actual va más allá: llevar esa capacidad a la rutina clínica de un sistema sanitario europeo y demostrar que se puede operar así de manera continuada.
Para reforzar la seguridad, los dos centros están conectados por un cable privado instalado específicamente para este propósito. No se comparte con otros servicios ni se deja al albur de saturaciones de red. Además, en el quirófano canario hay siempre un equipo local altamente cualificado, liderado por Juárez del Dago, preparado para asumir la intervención de forma inmediata en caso de fallo de conexión o imprevisto médico.
Esta “doble garantía” se basa en la coordinación entre el cirujano remoto y el cirujano local: mientras uno maneja el robot a distancia, el otro puede intervenir con otro robot, laparoscopia o cirugía abierta si la situación lo requiere. Como resume el propio equipo, el paciente no tiene menos supervisión, sino más: “cuatro ojos en lugar de dos” controlando su operación.
Más de una decena de operaciones urológicas complejas
El programa entre Barcelona y Canarias no se ha quedado en una única demostración. En las tres primeras semanas de febrero se realizaron, según las distintas fuentes, entre 10 y 11 intervenciones urológicas de diversa complejidad en pacientes canarios, todas ellas dirigidas en tiempo real desde la Fundació Puigvert.
Entre los casos intervenidos figuran adenomectomías por hiperplasia benigna de próstata, nefrectomías parciales, prostatectomías radicales y resecciones de masas retroperitoneales. Algunos pacientes presentaban patologías especialmente delicadas, como un carcinoma renal situado cerca del colon o una metástasis poscirugía de riñón de abordaje complejo.
De acuerdo con los datos facilitados por los equipos de Barcelona y Las Palmas, todos los pacientes han sido dados de alta y evolucionan sin complicaciones relevantes tras la cirugía. Los resultados clínicos se consideran comparables a los obtenidos con cirugía robótica presencial en centros de referencia, lo que refuerza la idea de que la distancia física no tiene por qué traducirse en peores resultados si la tecnología y la organización son las adecuadas.
Algunos operados relatan la experiencia con sorpresa y, a la vez, con tranquilidad. Un paciente al que se le extirpó un tumor renal describe la sensación al entrar en el quirófano como si estuviera en la cabina de una nave espacial, pero subraya que la presencia del equipo local y la confianza en los cirujanos le hicieron sentirse seguro, pese a que el especialista que manejaba el robot estaba a miles de kilómetros.
Los responsables del programa insisten en que el éxito no reside solo en completar varias operaciones sin incidencias, sino en haber conseguido que este tipo de intervención encaje en la dinámica diaria del hospital: desde la selección de pacientes y la preparación previa, hasta los protocolos de anestesia, recuperación postoperatoria y seguimiento.
Descentralizar la superespecialidad y reducir desigualdades
Más allá del componente tecnológico, uno de los pilares del proyecto es su impacto organizativo. Para Breda y Juárez, la telecirugía robótica abre la puerta a descentralizar la alta especialización sin obligar a los pacientes a desplazarse a grandes ciudades como Barcelona o Madrid.
En el modelo sanitario actual, cuando una persona con una patología compleja vive en un territorio periférico, lo habitual es derivarla a un hospital de referencia. Eso implica viajes, estancias, gastos para las familias y a menudo largas listas de espera. Con un sistema de telecirugía bien articulado, el planteamiento se invierte: es el cirujano de referencia el que “viaja” virtualmente hasta el hospital donde está el paciente, manteniendo a este cerca de su entorno y su familia.
Canarias se ha convertido, en este sentido, en un territorio estratégico. Su condición insular, la distancia al continente y la dificultad histórica de acceder a determinadas tecnologías la convierten en un banco de pruebas ideal para demostrar que la distancia deja de ser un obstáculo cuando se cuenta con la infraestructura adecuada. Como apunta Juárez del Dago, en esta ocasión “Canarias ha sido una ventaja y no un gap” a la hora de innovar.
Los impulsores del programa señalan que este enfoque puede reducir desigualdades territoriales, tanto entre comunidades autónomas como dentro de una misma región. Lugares alejados de los grandes polos sanitarios, como áreas rurales de Cataluña, Aragón o Castilla, podrían beneficiarse en el futuro si se replican conexiones similares y se forman equipos locales capaces de trabajar en red con centros de alta especialización.
Además del impacto asistencial, el modelo refuerza la formación continua de los profesionales. La telecirugía se combina con el telementoring: cirujanos expertos pueden guiar y supervisar a colegas menos experimentados sin necesidad de desplazarse durante semanas a otros hospitales, lo que facilita la difusión de la cirugía robótica en todo el territorio.
Un modelo escalable: de la urología a otras especialidades
Por ahora, el programa Barcelona-Canarias se ha centrado en la urología robótica, una especialidad especialmente habituada al uso de robots quirúrgicos desde principios de los años 2000. Eso facilita la adopción del modelo, ya que los equipos implicados cuentan con una amplia experiencia previa en cirugía robotizada presencial.
No obstante, tanto Breda como Juárez coinciden en que la telecirugía es escalable a otras disciplinas donde el robot está ya implantado: ginecología oncológica, cirugía general, cirugía torácica o procedimientos de alta complejidad en otras áreas. El requisito es que exista un equipo local entrenado y una red de comunicaciones que garantice los mismos estándares de precisión y seguridad que en la urología.
Desde la perspectiva europea, Breda utiliza su posición en ERUS para promover que se estructuren más programas clínicos de telecirugía en distintos países. Técnicamente, comenta, ya no hay grandes barreras: los sistemas robóticos y las redes de comunicación están preparados. El freno principal es burocrático y regulatorio, especialmente cuando se plantea operar a distancia entre diferentes sistemas sanitarios y marcos legales.
En paralelo, se abre el debate sobre el uso de inteligencia artificial en este ámbito. Los responsables del programa reconocen el potencial de la IA para mejorar la planificación, el reconocimiento de estructuras anatómicas o el apoyo a la toma de decisiones, pero son claros en un punto: la “parte artística” del cirujano seguirá siendo insustituible en las intervenciones complejas, y la responsabilidad última continuará recayendo en profesionales humanos.
Mirando a medio plazo, se plantean escenarios en los que la conexión entre hospitales no dependa solo de cables físicos, sino que pueda realizarse también vía satélite. Eso ampliaría aún más el alcance de la telecirugía, haciéndola viable en contextos de catástrofes, zonas en conflicto o misiones espaciales, ámbitos para los que ya se concibieron los primeros prototipos a finales del siglo pasado.
Retos legales, organizativos y perspectivas de futuro
Para que este tipo de programas se consolide y se extienda a otros hospitales de España y de Europa, no basta con la tecnología. Los equipos implicados subrayan la necesidad de construir un marco legal estable que regule con claridad las competencias, responsabilidades y coberturas cuando un médico opera a pacientes ubicados en otra comunidad o incluso en otro país.
Las cuestiones a resolver van desde la seguridad de la red y la protección de datos clínicos hasta la acreditación de los cirujanos, la autorización de las aseguradoras y la definición de quién asume los costes de la infraestructura. A ello se suman las inercias propias de organizaciones sanitarias grandes, donde la introducción de nuevos flujos de trabajo suele ser lenta y requiere consenso entre múltiples servicios.
Breda y Juárez insisten en que el potencial de escalabilidad es “increíble” si se salvan estos obstáculos. En el horizonte, los impulsores del programa imaginan una red asistencial en malla, en la que distintos hospitales europeos puedan compartir especialistas mediante telecirugía, reduciendo listas de espera y acercando procedimientos complejos a pacientes que hoy dependen de vuelos y traslados largos para ser atendidos.
Mientras tanto, la experiencia entre Barcelona y Canarias seguirá acumulando casos y datos hasta, al menos, los próximos años, con la intención de demostrar que este modelo no solo es viable, sino también sostenible y útil para el sistema público y para la medicina privada. Si los resultados se mantienen, España podría situarse como uno de los referentes europeos en la integración real de la telecirugía robótica en la práctica clínica.
La conexión quirúrgica entre la Fundació Puigvert y el Hospital Universitario San Roque simboliza un cambio de etapa en la cirugía robótica: demuestra que la excelencia ya no tiene por qué depender del código postal y que un paciente en una isla o en una zona remota puede acceder al mismo nivel de precisión y experiencia que quien vive junto a un gran hospital, con el robot y la fibra óptica como nuevos puentes del sistema sanitario.
