El fin de las memorias USB: qué viene después del pendrive

  • Las memorias USB pierden protagonismo frente a SSD externos, HDD, tarjetas y la nube.
  • La transición a puertos USB‑C y la necesidad de más capacidad aceleran su declive.
  • El pendrive se mantiene para usos técnicos concretos y entornos sin conexión.
  • En Europa y España se consolida un ecosistema híbrido: SSD, HDD y nube según cada necesidad.

almacenamiento portatil sin memorias usb

Durante años, llevar un pendrive en el llavero o en la mochila era casi obligatorio para cualquiera que trabajase con ordenadores. Hoy, sin embargo, las memorias USB han pasado de ser protagonistas a ocupar un papel claramente secundario en el día a día digital de la mayoría de usuarios en España y en el resto de Europa.

La combinación de nuevos hábitos, necesidades de capacidad cada vez mayores y cambios en la conectividad de ordenadores, tabletas y móviles ha ido descolgando al clásico pendrive del podio. Frente a soluciones más rápidas, con más espacio y mejor integradas en los dispositivos modernos, la memoria USB ya no encaja tan bien como herramienta de uso continuo, sino como recurso puntual para tareas muy concretas.

En los últimos años, mover documentos entre equipos, colaborar en remoto o hacer copias de seguridad básicas ya no pasa necesariamente por conectar un pendrive. Es mucho más habitual recurrir a un SSD externo, a un disco duro portátil, a tarjetas SD o directamente a servicios de almacenamiento en la nube. Este cambio se aprecia tanto en entornos domésticos como profesionales, desde oficinas hasta centros educativos.

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No se trata solo de una moda o de una cuestión de comodidad. Las propias limitaciones técnicas de muchas memorias USB, en capacidad, velocidad real y compatibilidad con los puertos actuales, las sitúan por detrás de alternativas que resuelven mejor las exigencias presentes: trabajar con vídeo 4K, grandes bibliotecas fotográficas, máquinas virtuales o copias de seguridad completas.

Además, la transición masiva hacia USB‑C como estándar de puerto en portátiles, tablets y hasta monitores ha dejado en evidencia un desajuste importante: mientras la mayoría de pendrives siguen anclados al veterano USB‑A, los equipos nuevos recortan o directamente eliminan esos conectores, obligando a depender de adaptadores que quitan rapidez e inmediatez.

Por qué las memorias USB se están quedando atrás

Si se mira con un poco de perspectiva, el declive del pendrive no es un accidente repentino, sino el resultado de varios factores acumulados. Por un lado, las necesidades de almacenamiento de muchos usuarios han crecido mucho más rápido que la capacidad típica de una memoria USB convencional. Para quien maneja proyectos de vídeo en alta resolución, fotos RAW, juegos pesados o máquinas virtuales, 32, 64 o incluso 128 GB se quedan claramente cortos.

A esto se suma el rendimiento real. Aunque en la carcasa aparezcan logotipos de USB 3.0 o USB 3.2, gran parte de los pendrives baratos montan memorias y controladoras discretas, con velocidades de escritura muy alejadas de lo que ofrecen los SSD externos. El resultado es evidente: al copiar carpetas grandes o proyectos voluminosos, el cuello de botella suele ser la propia memoria USB.

La diferencia en tasa de lectura y escritura se nota especialmente en entornos profesionales y educativos de España, donde se trabaja con materiales de vídeo, presentaciones pesadas o archivos de diseño. Un mismo proyecto que se copia en segundos a un SSD puede tardar varios minutos en un pendrive económico, algo que termina afectando al flujo de trabajo.

El otro gran frente está en el apartado físico. En los últimos años, la industria tecnológica europea ha consolidado el USB‑C como estándar de puerto para portátiles ultraligeros, tablets y móviles. Mientras tanto, el parque de memorias USB sigue mayoritariamente anclado al conector USB‑A tradicional, el rectángulo grande de toda la vida, que poco a poco va desapareciendo de los equipos nuevos.

Es cierto que existen pendrives con doble conector (USB‑A y USB‑C) o incluso con microUSB pensados para móviles antiguos, pero estos modelos híbridos suelen sacrificar rendimiento para mantener un precio atractivo. Añadir adaptadores externos tampoco ayuda: se pierde parte de la comodidad y sencillez que originalmente hacían tan práctico al pendrive.

Con este panorama, la memoria USB queda relegada a usos puntuales. Sigue siendo una solución rápida cuando hay que mover unos pocos archivos entre equipos aislados, pero deja de ser la opción lógica cuando se busca una unidad principal de almacenamiento portátil para trabajar a diario.

Alternativas modernas que desplazan al pendrive

Mientras las memorias USB se estancaban, otras soluciones han ido ganando terreno de forma silenciosa hasta convertirse en el nuevo estándar de facto. En Europa, y especialmente en mercados como el español, la combinación de SSD externos, discos duros tradicionales, tarjetas de memoria y la nube cubre prácticamente todos los escenarios de uso.

Por un lado están los SSD externos conectados por USB‑C o Thunderbolt. Estas unidades ofrecen velocidades de lectura y escritura muy superiores a las de un pendrive, con capacidades que suelen partir de 500 GB y que pueden llegar sin problema a varios terabytes. Para quienes editan vídeo, gestionan bibliotecas fotográficas muy grandes o hacen copias de seguridad completas del sistema, esta opción se ha convertido en la más lógica.

En España es cada vez más frecuente ver estos SSD externos en mochilas de fotógrafos, creadores de contenido, estudiantes de comunicación o profesionales que trabajan en remoto. La posibilidad de abrir y editar proyectos directamente desde la unidad externa, sin notar apenas diferencia con el almacenamiento interno, es uno de sus mayores atractivos.

Quienes priorizan el precio por gigabyte frente a la velocidad optan por el clásico disco duro externo (HDD). Aunque es más lento y más sensible a golpes que un SSD, ofrece varios terabytes a un coste ajustado, por lo que sigue siendo una opción muy extendida para archivado, copias de seguridad periódicas y grandes bibliotecas multimedia. En hogares europeos es habitual reservar un HDD para guardar fotos familiares, películas o documentos importantes.

En el terreno de la fotografía y el vídeo, las tarjetas SD y microSD han reforzado su papel. Cada vez alcanzan mayores capacidades y, en sus gamas media y alta, ofrecen velocidades competitivas. Su reducido tamaño permite llevar varias tarjetas en poco espacio, algo muy valorado por aficionados y profesionales. Eso sí, esta ventaja tiene una cara B: son más fáciles de perder y más sensibles a daños físicos, por lo que conviene usarlas con cierto cuidado.

El cuarto gran protagonista es el almacenamiento en la nube. Servicios como Google Drive, OneDrive, Dropbox, iCloud u opciones empresariales europeas permiten acceder a los archivos desde diferentes dispositivos, compartir carpetas al instante y mantener documentos actualizados sin necesidad de mover nada físico. Para el trabajo remoto, la formación online y la colaboración en equipo, esta opción se ha consolidado como fundamental.

La contrapartida es clara: depender de una conexión a internet estable y, en muchos casos, de una suscripción de pago si se necesita bastante espacio. Aun así, el equilibrio entre comodidad y coste hace que, para buena parte de usuarios, tenga más sentido subir un archivo a la nube que pasarlo de mano en mano con un pendrive.

Qué papel les queda a las memorias USB en 2026 y más allá

Con todos estos cambios, podría parecer que la memoria USB está condenada a desaparecer por completo, pero el escenario es algo más matizado. En realidad, el pendrive se está transformando en una herramienta de nicho, útil en escenarios muy concretos donde otras soluciones no encajan tan bien.

Uno de esos usos es la creación de unidades de arranque o instalación de sistemas operativos. Tanto en servicios técnicos como en departamentos de informática de empresas y centros educativos de Europa, sigue siendo habitual preparar un pendrive con el instalador de Windows, Linux u otro sistema para arrancar equipos y realizar tareas de mantenimiento.

También conserva su importancia en la actualización de firmware de routers, televisores, consolas y otros dispositivos que requieren un soporte físico sencillo y fiable. En estos contextos, su simplicidad juega a favor: se conectan, se ejecuta la actualización y se desconectan sin mayor complicación.

Otro ámbito donde el pendrive conserva cierto protagonismo es en entornos sin conexión a internet o con conectividad muy limitada. En algunas zonas rurales o en instalaciones industriales aisladas, recurrir a la nube o a servicios en línea no es una opción, de modo que una memoria USB sigue siendo una vía práctica para mover archivos de un equipo a otro.

Más allá de estos casos, su atractivo se reduce. Para el flujo de trabajo diario, cuando se demanda capacidad, velocidad y compatibilidad con equipos modernos, otras soluciones resultan claramente más razonables. El pendrive ya no es el primer recurso al que se recurre para guardar un proyecto importante o un respaldo completo.

En el ecosistema actual, dominado por el USB‑C, el almacenamiento masivo y la omnipresencia de la nube, la memoria USB ha dejado de ser el estándar universal que fue durante buena parte de los 2000 y principios de los 2010. Permanece disponible cuando hace falta algo muy simple y directo, pero ha cedido el protagonismo a alternativas que responden mejor a las exigencias de hoy.

Un ecosistema de almacenamiento híbrido para usuarios en España y Europa

En la práctica, los usuarios europeos no han cambiado un único dispositivo por otro, sino que han pasado a combinar distintas soluciones según el tipo de datos y el contexto de uso. En España, este enfoque mixto se aprecia tanto en el entorno doméstico como en el profesional.

Para proyectos en curso y trabajos que requieren velocidad, los SSD externos se han convertido en la herramienta de referencia. Permiten editar, mover y respaldar información con fluidez, sin penalizaciones notables de rendimiento. Muchos portátiles ligeros con poco almacenamiento interno dependen precisamente de este tipo de unidades para ampliar su capacidad efectiva.

Como complemento, los HDD externos sirven de archivo a largo plazo. Allí van a parar fotos antiguas, documentos que se quieren conservar pero no se consultan a diario, colecciones de vídeo y copias de seguridad periódicas. El coste por terabyte, más bajo que el de un SSD, los mantiene vigentes en un perfil de usuario que quiere guardar mucho sin disparar la inversión.

Las tarjetas SD y microSD cubren sobre todo necesidades de fotografía, vídeo y dispositivos móviles. Su uso se ha extendido en cámaras, drones, consolas portátiles y algunos portátiles con ranura SD, donde funcionan como un pequeño refuerzo de almacenamiento, siempre con el matiz de que conviene respaldar su contenido con cierta frecuencia.

La nube, por su parte, se ha consolidado como espacio de trabajo, no solo como copia de seguridad. Compartir documentos con compañeros de oficina, enviar materiales a clientes, entregar trabajos académicos o colaborar en tiempo real se hace hoy de forma habitual mediante enlaces a servicios en línea, prescindiendo por completo del intercambio físico de memorias.

En medio de este entramado, el pendrive ocupa un lugar más discreto. Sigue siendo práctico para llevar unos pocos archivos a una presentación, para usarlo en un equipo antiguo o como recurso rápido en un apuro, pero rara vez se elige como solución principal de almacenamiento o transporte de datos.

Todo apunta a que esta tendencia se consolidará en los próximos años: las memorias USB no desaparecerán de golpe, pero quedarán cada vez más acotadas a funciones específicas, mientras SSD, HDD, tarjetas y la nube continúan evolucionando en capacidad, seguridad y velocidad.

Visto con algo de calma, lo que se está produciendo no es tanto la muerte súbita del pendrive como un cambio de etapa: las memorias USB pasan de ser la herramienta por defecto a convertirse en un recurso puntual dentro de un ecosistema de almacenamiento mucho más amplio, en el que cada solución tiene su sitio según el tipo de archivo, el presupuesto y la forma en que se trabaja y se comparte la información.