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El Gobierno de República Dominicana se ha puesto las pilas para transformar su tejido productivo y no quiere dejar pasar el tren de la alta tecnología. Durante una reciente visita institucional a Europa, el ministro de Industria y Comercio, Eduardo Sanz Lovatón, ha revelado que el país está dando los últimos retoques a un ambicioso pacto de asociación intelectual con una reconocida universidad de Estados Unidos. Este acuerdo busca que el capital humano local esté a la altura de las exigencias de la industria de los semiconductores, centrándose especialmente en la formación en disciplinas STEM, que son el motor de la innovación actual.
La intención es clara: dejar de ser vistos únicamente como un destino de vacaciones para consolidarse como un enclave estratégico en la fabricación de componentes electrónicos. Para que este salto sea una realidad, el país caribeño está aprovechando su privilegiada ubicación geográfica y las ventajas del tratado CAFTA-DR, lo que facilita enormemente la exportación de productos hacia el mercado estadounidense. Esta estrategia no solo busca atraer fábricas, sino crear un ecosistema donde el conocimiento y la creatividad dominicana aporten un valor añadido que marque la diferencia frente a otros competidores globales.
Formación especializada y alianzas con grandes tecnológicas
Para que la industria de los microchips funcione, hace falta gente muy preparada, y ahí es donde entra en juego la colaboración con instituciones académicas del norte. El ministro ha insistido en que disponer de personal cualificado es la pieza maestra del puzle, ya que las empresas tecnológicas solo se instalan donde saben que hay talento. Este movimiento se complementa con los acuerdos que ya se han ido cocinando con gigantes del sector, como el memorando firmado con Nvidia para impulsar la Estrategia Nacional de Inteligencia Artificial, un paso de gigante para modernizar la administración y los procesos industriales.
Pero Nvidia no es la única que ha puesto el ojo en la isla. El despliegue de infraestructuras digitales ha recibido un espaldarazo importante con el compromiso de inversión de 500 millones de dólares por parte de Google. Este flujo de capital extranjero confirma que el territorio es un destino probado y seguro para la tecnología punta. Además, el gobierno dominicano está trabajando de la mano con expertos internacionales para que la hoja de ruta de los semiconductores, conocida como ENFIS, se ejecute sin contratiempos y permita al país insertarse en las fases de prueba y empaquetado de chips.
El papel de las empresas españolas en la transformación dominicana
España juega un rol fundamental en este proceso de apertura tecnológica. Sanz Lovatón ha mantenido reuniones clave con la Asociación Española de la Industria de Semiconductores (AESEMI) para mostrar las bondades de su país como plataforma de ‘nearshoring’. Se busca que las compañías españolas vean en la isla una oportunidad para diversificar sus cadenas de suministro y abaratar costes logísticos sin renunciar a la seguridad jurídica. De hecho, el capital español ya tiene un peso enorme en la zona, con inversiones que superan los 1.000 millones de euros anuales, aunque hasta ahora se habían centrado más en el ladrillo y los hoteles.
La sintonía entre ambos países es total, no solo por los lazos históricos, sino por la gran comunidad dominicana residente en ciudades como Madrid. Esta conexión cultural facilita mucho los negocios y el entendimiento bilateral. El ministro ha subrayado que los vínculos son demasiado fuertes como para que los vaivenes políticos afecten a la colaboración económica. La idea es que la experiencia de las empresas tecnológicas europeas pueda servir de palanca para que República Dominicana se convierta en el hub logístico e industrial que el Caribe necesita en este siglo XXI.
Un nuevo modelo económico basado en la innovación
Es curioso ver cómo el panorama está cambiando: aunque el turismo sigue siendo el buque insignia, las exportaciones de las zonas francas ya están dando mucho que hablar. Actualmente, los insumos médicos y los productos electrónicos representan el 50% de lo que se envía al extranjero desde estas áreas, superando en dinamismo a los sectores tradicionales. Este giro hacia la denominada ‘economía naranja’ pone de manifiesto que el futuro del país pasa por la propiedad intelectual y el desarrollo de servicios con un alto componente creativo y tecnológico.
A pesar de los retos que quedan por delante, como el coste de la energía o la necesidad de automatizar más procesos, el clima de negocios parece ser el ideal para dar este salto cualitativo. La estabilidad democrática y la ausencia de radicalismos ideológicos son los mejores aliados para convencer a los inversores de que el país es un refugio seguro en un mundo convulso. Con todo este despliegue de acuerdos y una estrategia bien definida, la nación caribeña aspira a mantener un crecimiento económico del 4% mientras se hace un hueco en la selecta cadena de valor de la microelectrónica mundial.
Todo este entramado de alianzas con universidades de primer nivel y empresas líderes del sector tecnológico marca un punto de inflexión para la región. La combinación de una mano de obra con ganas de aprender, una ubicación envidiable para el mercado norteamericano y el apoyo constante de socios europeos como España, dibuja un panorama muy optimista. La meta de duplicar la inversión extranjera para la próxima década parece factible si se sigue apostando por la seguridad jurídica y la innovación como pilares de este nuevo modelo productivo que ya no solo vive del sol, sino de los microchips.