
Los sensores de presión de los neumáticos se han convertido en un elemento casi invisible del equipamiento de nuestros coches, pero determinante para la seguridad. Gracias a ellos, el conductor recibe un aviso cuando alguna rueda va baja de aire, algo que reduce el riesgo de reventones, mejora el agarre y ayuda a contener el consumo de combustible.
Lo que hasta ahora se veía como un sistema inocuo empieza, sin embargo, a levantar dudas en el terreno de la privacidad y la ciberseguridad. Una investigación europea liderada desde España ha puesto sobre la mesa que estas pequeñas válvulas inteligentes pueden servir, sin que el usuario sea consciente, para seguir los movimientos de un vehículo a través de las señales de radio que emiten de forma continua.
TPMS: del aliado en seguridad vial a posible herramienta de rastreo
La gran mayoría de coches que circulan hoy por las carreteras europeas equipan un Sistema de Monitorización de la Presión de los Neumáticos, conocido como TPMS (por sus siglas en inglés). Este sistema es obligatorio en turismos nuevos en la Unión Europea desde 2014 y en otros países desde finales de la década de 2000, precisamente por su aportación a la seguridad vial.
En los TPMS directos, cada rueda incorpora un pequeño sensor, normalmente integrado en la válvula, que mide en tiempo real presión y, en muchos casos, temperatura. Esa información se envía por radio a la centralita electrónica del vehículo. Cuando se detecta una presión por debajo del umbral fijado por el fabricante, se enciende un testigo en el cuadro de instrumentos o aparece un aviso en la pantalla central.
En paralelo existen los TPMS indirectos, que no usan sensores físicos de presión, sino que se apoyan en el sistema ABS: si una rueda pierde aire, cambia su diámetro y varía su velocidad de giro respecto a las demás. El coche interpreta esa diferencia como posible pérdida de presión y lanza una advertencia. En ambos casos, el vehículo basa parte de su vigilancia continua del estado de los neumáticos en señales que se transmiten sin cables.
Hasta aquí, todo parece razonable: más control sobre los neumáticos implica menos sustos en carretera. El giro viene cuando se analiza cómo se envían exactamente esos datos, qué información extra viaja en cada mensaje y quién podría llegar a captarla con medios relativamente sencillos, sin tener que manipular el coche.
El estudio de IMDEA Networks: seis millones de mensajes y 20.000 coches
Un equipo de investigadores del Instituto Madrileño de Estudios Avanzados IMDEA Networks, con sede en la Comunidad de Madrid y varios socios europeos, decidió comprobar hasta qué punto los sensores de presión podían servir para algo más que para avisar de un pinchazo. Durante diez semanas de trabajo de campo, desplegaron una red de receptores inalámbricos de bajo coste cerca de carreteras y aparcamientos.
Cada uno de esos receptores, que según los responsables del proyecto costaba en torno a 100 dólares o unos 100 euros, se dedicaba a escuchar las emisiones de los TPMS de los vehículos que pasaban cerca. No hacía falta contacto físico con el coche ni acceder a su electrónica interna: bastaba con situar los dispositivos en puntos estratégicos por donde circulan o aparcan miles de vehículos a diario.
El resultado de esa campaña de mediciones fue contundente. Los investigadores lograron recopilar más de seis millones de mensajes procedentes de los sensores de presión de más de 20.000 coches. A partir de ese volumen de datos, el equipo pudo analizar patrones, comprobar el alcance real de las señales y evaluar si era posible identificar vehículos concretos de forma reiterada.
Según explicó el profesor de investigación Domenico Giustiniano, uno de los responsables del trabajo, los resultados demuestran que las emisiones de los sensores pueden usarse para seguir vehículos y reconstruir parte de sus rutinas de movimiento, como horarios habituales de llegada al trabajo, trayectos frecuentes o costumbres de viaje.
Códigos de identificación sin cifrar: la puerta al seguimiento
El elemento clave de la investigación está en que los sensores no sólo envían datos de presión y temperatura, sino también un identificador único (ID) asociado a cada unidad. Ese ID permite al propio vehículo saber qué mensaje corresponde a cada rueda, pero, al viajar en señales de radio claras y sin cifrar, también sirve para que un dispositivo externo pueda reconocer el mismo coche cada vez que pasa por delante.
En la práctica, cualquier persona que disponga de un receptor de radio de uso general, fácil de adquirir por Internet y configurado en las frecuencias adecuadas, podría captar esas señales cuando un vehículo circula o se detiene a menos de cierta distancia. No hace falta ver la matrícula, ni instalar balizas GPS, ni acceder al sistema multimedia del coche: la información se emite de manera automática.
Las pruebas de IMDEA Networks muestran que estas señales pueden recogerse a más de 50 metros de distancia, incluso si el coche se encuentra en el interior de un edificio, un garaje o está oculto tras otros vehículos. Como las ondas de radio atraviesan muros y obstáculos, el rastreo no depende de la visibilidad directa, a diferencia de lo que sucede con cámaras de tráfico o sistemas de lectura de matrículas.
Además, las tramas que emiten los sensores incluyen la propia lectura de la presión. A partir de esa información, es posible inferir características adicionales del vehículo, como si suele circular muy cargado, si arrastra un remolque con frecuencia o si se trata de un turismo ligero o de un vehículo más pesado. La combinación de ID único y parámetros físicos abre la puerta a formas de vigilancia más detalladas de lo que cabría imaginar al hablar de algo tan cotidiano como inflar las ruedas.
Para los investigadores, este escenario configura un “riesgo de privacidad oculto” que hasta ahora había pasado bastante desapercibido. La gran diferencia con otras tecnologías de seguimiento es que aquí se aprovecha un sistema implantado por motivos de seguridad, obligatorio en los coches modernos y que el conductor no puede desactivar fácilmente sin dejar el vehículo fuera de la normativa.
De la seguridad vial a la ciberseguridad: una normativa que va por detrás
Los responsables del estudio insisten en que el TPMS nació con un objetivo claro: evitar accidentes provocados por neumáticos en mal estado, no proteger al vehículo frente a ataques o espionaje digital. Cuando estos sistemas se diseñaron hace años, la preocupación por la ciberseguridad del automóvil era casi inexistente, y nadie imaginaba que una simple señal de presión pudiera usarse para seguir la pista de un coche por la ciudad.
Hoy, en cambio, los vehículos conectados están sujetos a normativas de ciberseguridad cada vez más estrictas en Europa y otros mercados. Los fabricantes deben obtener certificados específicos que garanticen un nivel mínimo de protección frente a accesos no autorizados, actualizaciones de software inseguras o manipulación remota de funciones críticas.
El problema, según señalan desde IMDEA Networks, es que los sistemas de control de presión de neumáticos no se incluyen por ahora entre los elementos a los que se exige ese nivel de protección. En otras palabras: mientras se blindan puertas como la conexión a internet del coche o las actualizaciones OTA, la “ventana” de los sensores de presión sigue abierta.
Los investigadores reclaman que la Administración y la industria revisen esta laguna regulatoria e incorporen el TPMS a los requisitos de ciberseguridad de los vehículos conectados. Su propuesta pasa por introducir cifrado y mecanismos de autenticación en las comunicaciones de los sensores, de forma que un tercero no pueda interpretar ni asociar fácilmente las señales que viajan entre las ruedas y la centralita.
Hasta que se produzca ese salto, advierten, los sensores seguirán siendo un objetivo sencillo para la vigilancia pasiva. No se trata necesariamente de un riesgo masivo a corto plazo, pero sí de una vulnerabilidad conocida que podría explotar tanto quien quiera monitorizar flotas enteras de vehículos como quien busque perfiles de movimiento de personas concretas.
La presión de los neumáticos sigue siendo clave para la seguridad
Aun con este debate de fondo, los expertos recuerdan que mantener la presión adecuada en los neumáticos es básico para conducir con seguridad. La Dirección General de Tráfico (DGT) insiste en que conviene revisar las ruedas al menos una vez al mes y siempre antes de un viaje largo, utilizando un manómetro fiable y siguiendo los valores recomendados por el fabricante, que suelen figurar en la puerta, el marco o la tapa del depósito de combustible.
Una presión incorrecta altera el comportamiento del coche: si las ruedas van con menos aire del debido, aumenta la resistencia a la rodadura, se multiplica el consumo de combustible y se incrementan las emisiones de CO2. Al mismo tiempo, la goma se calienta más y se desgasta de forma irregular, acortando su vida útil y reduciendo la capacidad de agarre, especialmente en lluvia.
Cuando la presión es demasiado alta, la zona central de la banda de rodadura soporta casi todo el contacto con el asfalto, lo que provoca un desgaste prematuro en el centro y un menor confort de marcha. En el extremo contrario, circular con neumáticos muy bajos de presión hace que trabajen más los hombros, desgastando los laterales y favoreciendo deformaciones que pueden acabar en un reventón.
Fabricantes y organismos públicos coinciden en que el neumático es el único punto de contacto entre el coche y la carretera. De su buen estado dependen la distancia de frenado, la estabilidad en curvas y la eficacia de otros sistemas electrónicos de ayuda a la conducción. De poco sirven el ABS o el control de estabilidad si la rueda no puede transmitir correctamente el esfuerzo al asfalto.
De ahí que, más allá de las ventajas de los TPMS y los avisos en el cuadro, los especialistas sigan recomendando una revisión manual y visual periódica: comprobar desgaste, posibles cortes, golpes en la llanta y asegurarse de que la presión se ajusta a la carga real del vehículo, especialmente si se va a viajar con el maletero lleno o con varios ocupantes a bordo.
Neumáticos inteligentes y conectados: más datos, más responsabilidad
Mientras se debate cómo proteger mejor las emisiones de los TPMS actuales, la industria del neumático avanza hacia una nueva generación de neumáticos inteligentes. Estos productos integran sensores en el interior de la carcasa capaces de registrar no solo la presión, sino también la temperatura, el nivel de desgaste de la banda de rodadura y, en algunos casos, el comportamiento del neumático durante la conducción.
Sobre esa base se están desarrollando soluciones como válvulas conectadas que muestran al conductor en tiempo real la presión exacta de cada rueda, o plataformas que permiten que el propio neumático “hable” con los sistemas de ayuda a la conducción del vehículo para anticiparse a situaciones de riesgo. Algunos fabricantes, como Goodyear con su programa SightLine, trabajan en tecnologías que interpretan los datos de los neumáticos para estimar el nivel de agarre disponible y las condiciones de la calzada.
En el día a día, esa información puede llegar al conductor a través del cuadro de instrumentos, de un head-up display o de aplicaciones conectadas. Entre las ventajas que se mencionan están la detección temprana de anomalías (bajadas de presión, excesos de temperatura, desgaste acusado), recomendaciones de velocidad según el tipo de neumático montado o incluso mantenimiento predictivo, calculando cuántos kilómetros quedan antes de que sea necesario sustituir las ruedas.
En el ámbito profesional, muchas flotas ya usan soluciones de este tipo para gestionar mejor los cambios de neumáticos, reducir las incidencias en ruta y optimizar consumos. La combinación de sensores embarcados y análisis avanzado de datos permite programar visitas al taller en el momento adecuado, en lugar de esperar a que aparezca un fallo o cambiar las cubiertas por pura precaución.
Todo este ecosistema, en el que participan fabricantes, redes de talleres especializados y proveedores de servicios conectados, refuerza la idea de que el neumático ha pasado de ser un componente pasivo a un elemento digitalizado y conectado. Y, como ocurre con cualquier dispositivo que genera y envía datos, cuanto más sofisticado es el sistema, mayor es la responsabilidad a la hora de proteger la información que maneja.
La fotografía que dibujan estos trabajos es la de unos sensores de presión de neumáticos imprescindibles para la seguridad y el buen estado del coche, pero que al mismo tiempo exponen una vertiente menos visible relacionada con la privacidad. Entre las obligaciones de revisar la presión cada mes, los beneficios de los sistemas de monitorización y el avance hacia neumáticos plenamente conectados, se cuela un mensaje claro para fabricantes y reguladores europeos: si el coche va a hablar cada vez más a través de sus ruedas, conviene asegurarse de que lo hace con las debidas medidas de cifrado y control para que esa voz no se convierta, sin que nadie se entere, en una herramienta de seguimiento.



