China y Europa aceleran la carrera de los robots humanoides mientras crece la duda sobre su utilidad real

  • China lidera el desarrollo y entrenamiento de robots humanoides con centros dedicados, datos masivos y fuerte apoyo estatal
  • Europa, con Alemania a la cabeza, impulsa la industrialización y producción a gran escala de humanoides cognitivos
  • Expertos e ingenieros advierten de una brecha entre las promesas de mercado y las capacidades reales de estos robots
  • Persisten retos clave: seguridad, costes, fiabilidad, regulación y riesgo de burbuja inversora

robots humanoides en desarrollo

Los robots humanoides han pasado en muy poco tiempo de ser un experimento de laboratorio a convertirse en uno de los grandes ejes de la carrera tecnológica global. Gobiernos y empresas de todo el mundo los sitúan en el centro de sus estrategias de automatización, aunque sobre la mesa siguen pesando muchas dudas sobre su viabilidad real más allá de los vídeos espectaculares que circulan por redes sociales.

Mientras China pisa el acelerador con centros de entrenamiento masivo, un ecosistema industrial enorme y más de 150 compañías volcadas en esta tecnología, Europa —con Alemania al frente— mueve ficha para asegurarse un lugar en la futura cadena de valor. A la vez, desarrolladores y consultoras empiezan a reconocer que el discurso comercial ha ido por delante de lo que hoy son capaces de hacer estos robots en entornos reales.

China convierte a los robots humanoides en prioridad estratégica

robots humanoides en entorno industrial

En China, la apuesta por la robótica humanoide se ha incorporado de lleno a la agenda política. En los documentos de planificación para su próximo plan quinquenal ya aparece el concepto de «inteligencia artificial incorporada», es decir, sistemas de IA integrados en hardware como robots, vehículos autónomos o drones. Para Pekín, estos humanoides son una herramienta para combatir el envejecimiento de la población, mantener la competitividad industrial y reforzar su posición en la competición tecnológica con Estados Unidos.

El país no solo está apostando en teoría: durante los últimos cinco años ha registrado alrededor de 7.700 patentes relacionadas con robots humanoides, una cifra muy superior a la de Estados Unidos en el mismo periodo. A esto se suma una capacidad manufacturera difícil de igualar, que le permite producir a costes muy inferiores y generar una dependencia global de su cadena de suministro.

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Según estimaciones citadas en informes financieros, si un fabricante como Tesla intentara ensamblar su robot Optimus prescindiendo de proveedores chinos, el coste unitario se dispararía desde unos 46.000 hasta más de 130.000 dólares. Esa diferencia ilustra hasta qué punto la “fábrica del mundo” tiene la sartén por el mango en este nuevo sector.

Además, China ya domina claramente la robótica industrial clásica: concentra en torno al 51% de todos los robots instalados en fábricas del planeta y suma del orden de 280.000 nuevas unidades al año, con el objetivo de seguir automatizando para compensar la subida de salarios y no perder su posición frente a competidores como India o Bangladesh.

Este ecosistema previo se está aprovechando ahora para impulsar la robótica humanoide, que las autoridades ven como la siguiente capa de automatización: máquinas con forma bípedo capaces de trabajar en almacenes, líneas de montaje, servicios y, en un futuro todavía incierto, en hogares.

Escuelas para robots: el campus chino donde aprenden tareas humanas

centro de entrenamiento de robots humanoides

Uno de los ejemplos más llamativos de esta estrategia es la Fase II del Beijing Humanoid Robot Data Training Center, en el distrito de Shijingshan (Pekín). Allí se ha creado una especie de “escuela” para robots humanoides, donde varios modelos aprenden tareas que van desde labores logísticas hasta funciones domésticas, en espacios que imitan con bastante fidelidad la vida real.

El complejo se reparte en dos plantas y recrea líneas de producción, áreas de logística, cocinas y dormitorios. Cada zona funciona como una célula modular que puede reconfigurarse con rapidez para simular distintos procesos: hoy una estación de empaquetado, mañana una cocina industrial o una habitación de hotel que hay que recoger. La idea es que los robots realicen tareas completas como clasificar bobinas, seleccionar paquetes, preparar comida o ordenar una estancia, y no simplemente movimientos aislados.

Detrás de este enfoque está la necesidad de recopilar grandes cantidades de datos reales. Cada gesto, cada error y cada corrección se registran y se utilizan después para refinar los algoritmos de control, mejorar la estabilidad al caminar, la coordinación ojo-mano y la capacidad de reaccionar ante cambios en el entorno.

Uno de los pilares del método es la repetición intensiva de movimientos. Para pulir una sola acción, un robot puede llegar a repetirla en torno a 1.250 veces. Este volumen de práctica se traduce en enormes bases de datos que alimentan los modelos de aprendizaje automático, en una mecánica que recuerda al entrenamiento deportivo, pero aplicado a máquinas.

Según ha explicado Zhu Kai, director de este centro, cada robot está supervisado por dos formadores humanos. Su objetivo es que los humanoides desarrollen lo que denomina “inteligencia funcional”: que no solo se mantengan en pie y caminen, sino que integren visión, equilibrio y manipulación de manera coordinada en escenarios muy diversos, acercándolos a un desempeño mínimamente útil fuera del laboratorio.

Kuafu y otros humanoides chinos en entrenamiento intensivo

Dentro de estas instalaciones destaca la figura de Kuafu, un humanoide de alrededor de 1,65 metros que sirve como “alumno modelo” para gran parte de los ensayos. Este robot y otros similares se enfrentan a entornos que cambian constantemente, donde deben combinar locomoción bípeda, manipulación de objetos pequeños y tareas que exigen cierta precisión, como apilar productos o manejar piezas delicadas.

La finalidad declarada del programa es formar una nueva generación de máquinas capaces de integrarse en fábricas, almacenes e incluso viviendas, asumiendo labores muy repetitivas, físicamente exigentes o peligrosas. En teoría, estos humanoides no vendrían a sustituir de golpe a las personas, sino a complementar el trabajo humano allí donde resulte menos seguro o rentable mantener un puesto manual.

Sin embargo, la propia escala del proyecto alimenta un debate inevitable sobre el futuro del empleo y la convivencia con estas máquinas. Si la robotización avanza al ritmo que persigue Pekín, cabe preguntarse qué tipo de puestos se verán desplazados, qué nuevos perfiles aparecerán y cómo se gestionará el impacto social en un mercado laboral que ya afronta tensiones por la automatización.

La estrategia china también contempla una faceta de marketing tecnológico. Los robots de empresas como Unitree o Deep Robotics se han dejado ver en eventos mediáticos: desde competiciones deportivas específicas hasta exhibiciones de baile o demostraciones en conciertos masivos. Estas puestas en escena buscan familiarizar al público con la presencia de robots bípedos y proyectar una imagen de país a la vanguardia, aunque muchas de las rutinas mostradas estén cuidadosamente coreografiadas y lejos de un uso cotidiano.

En paralelo, proliferan otros espacios de prueba, como las llamadas “olimpiadas de robótica” celebradas en Pekín, donde humanoides de varios países comparten escenario. Estas citas refuerzan la narrativa de que el humanoide será el siguiente gran electrodoméstico, un mensaje que todavía está muy por comprobar en la práctica.

Un ecosistema chino con más de 150 empresas y producción en aumento

Más allá de los centros de entrenamiento, el país ha tejido un tejido empresarial muy denso en torno a esta tecnología. Se calcula que en China operan ya más de 150 compañías centradas en robots humanoides, aunque solo unas cuantas concentran la mayor parte de la inversión y de los desarrollos de vanguardia.

Entre ellas figura Unitree, que prepara su salida a bolsa con una valoración potencial cercana a los 7.000 millones de dólares. La firma ha desarrollado varios modelos, incluido el humanoide H2, pensado tanto para demostrar capacidades de movimiento avanzado —como rutinas de baile— como para tareas de manipulación. Otra pieza destacada del ecosistema es UBTech Robotics, fabricante de humanoides industriales y comerciales, cuyo robot Walker S2 está diseñado para funcionar prácticamente de forma continua gracias a un sistema de cambio automático de baterías.

UBTech, que cotiza en Hong Kong, ha recurrido recientemente a la ampliación de capital para financiar su expansión e incrementar la producción. Sus planes pasan por entregar unos centenares de robots industriales en el corto plazo y escalar hasta unas 5.000 unidades humanoides en 2026 y 10.000 en 2027. Por su parte, AgiBot asegura haber sacado ya su robot humanoide número 5.000 de la línea de producción, lo que da una idea del ritmo que algunos actores quieren imprimir al mercado.

La apuesta no se limita a empresas puramente robóticas. Fabricantes de vehículos eléctricos como Xpeng también se han sumado a la carrera con proyectos como Iron, un humanoide de segunda generación que aspiran a fabricar en serie en los próximos años. Todo ello encaja con el objetivo expresado por distintos analistas de que China podría convertirse en el principal mercado mundial para estos robots, tanto por volumen como por despliegue temprano.

Consultoras financieras proyectan un mercado potencial de varios billones de dólares para 2050, con China acaparando más de la mitad de la demanda global. Este tipo de proyecciones alimenta el interés inversor, pero también el riesgo de sobrecalentamiento si las capacidades reales de los humanoides no se acercan a lo prometido.

Junto a la fortaleza de su industria, el país cuenta con ventajas adicionales: una cadena de suministro muy profunda, programas de subsidios locales dirigidos a empresas robóticas y experiencia previa en escalar rápidamente sectores como el de los coches eléctricos. Algunos fabricantes, como UBTech, anticipan reducciones anuales de costes de entre un 20% y un 30% a medida que incrementan volúmenes y optimizan procesos.

Europa responde: alianza alemana para industrializar los humanoides

En Europa, el movimiento más significativo de los últimos meses ha llegado desde Alemania, donde el grupo industrial Schaeffler y la empresa de robótica NEURA Robotics han sellado una alianza estratégica para llevar los humanoides del laboratorio a la producción a gran escala. El objetivo conjunto es acelerar el desarrollo y la fabricación de la próxima generación de robots cognitivos capaces de trabajar codo con codo con personas en entornos exigentes.

Schaeffler, conocida por sus soluciones de movimiento y componentes de precisión para la automoción y otros sectores industriales, aporta décadas de experiencia en escalabilidad e industrialización. NEURA Robotics, por su parte, se ha especializado en lo que denomina “IA física”, un enfoque que combina percepción avanzada, planificación y control para que el robot pueda interactuar con su entorno de forma más autónoma.

El acuerdo contempla que los robot humanoides de NEURA se vayan introduciendo progresivamente en las propias fábricas de Schaeffler repartidas por todo el mundo, con la vista puesta en alcanzar una presencia relevante en sus líneas de montaje hacia 2035. La idea es que estos sistemas se encarguen de funciones repetitivas o pesadas, aprovechando su capacidad para cambiar de tarea con más flexibilidad que un robot industrial fijo.

Uno de los modelos estrella de NEURA es el humanoide 4NE1, diseñado para compartir espacio de trabajo con operarios humanos. Con la alianza, la compañía confía en aumentar notablemente el volumen de producción de este tipo de plataformas, pasando de prototipos y pequeñas series a miles o incluso millones de unidades si los costes lo permiten.

La dirección de NEURA ha llegado a plantear como horizonte la fabricación de hasta cinco millones de robots humanoides y cognitivos para 2030. Son cifras muy ambiciosas que, según sus responsables, solo pueden aspirar a cumplirse con el respaldo de un socio industrial con la envergadura y el know-how de Schaeffler.

Neuraverse y la apuesta europea por la IA física

Más allá del hardware, la colaboración germana pone el foco en el valor de los datos industriales. NEURA gestiona una plataforma llamada Neuraverse, pensada para agrupar la información generada por sus robots durante el trabajo diario. Al desplegarlos en plantas reales de Schaeffler, la compañía espera alimentar este ecosistema con escenarios auténticos de producción, muy distintos a los entornos controlados de los laboratorios.

Ese flujo constante de datos permitiría entrenar modelos de IA que mejoren capacidades como la percepción en 3D, la gestión de imprevistos o la colaboración segura con personas. De este modo, cada robot desplegado actuará también como fuente de aprendizaje para el resto de la flota, acelerando el desarrollo de nuevas funciones sin necesidad de reprogramar cada unidad desde cero.

Para Alemania, acuerdos de este tipo se interpretan como un intento de reafirmar su posición como potencia industrial en un momento en que la competencia global se intensifica. La robótica humanoide entra así en una etapa en la que ya no se habla solo de prototipos espectaculares, sino de implementación gradual a gran escala en fábricas europeas, aunque de momento en fase piloto.

Esta estrategia también busca enviar un mensaje al resto del continente: si Europa quiere tener algo que decir en la próxima oleada de automatización, tendrá que combinar investigación en IA, experiencia industrial y cadenas de suministro propias, en lugar de depender únicamente de tecnologías importadas de Estados Unidos o Asia.

Aunque todavía no se han concretado despliegues masivos en España u otros países europeos, la lógica apunta a que, si los pilotos en Alemania dan resultados, parte de estas soluciones podría terminar llegando a plantas de automoción y logística en el resto de la Unión, donde ya existe una base importante de robótica tradicional sobre la que construir.

Teleoperación, seguridad y los riesgos del entrenamiento físico

Una de las técnicas más habituales para enseñar movimientos complejos a los humanoides es la teleoperación. En este esquema, una persona controla directamente al robot mediante mandos específicos o incluso con un traje que captura el movimiento del cuerpo. El humanoide imita en tiempo real esos gestos y los registros se utilizan después para que aprenda por imitación y se vayan afinando con otros algoritmos de aprendizaje.

Este método acelera el desarrollo de habilidades como caminar, golpear un objeto, agarrar herramientas o realizar secuencias coordinadas. Sin embargo, también implica ciertos riesgos de seguridad cuando la máquina y el operador comparten el mismo espacio físico. Una patada mal calculada, un giro brusco o un error de sincronización pueden convertir una simple prueba en un accidente, sobre todo cuando los robots pesan decenas de kilos.

Un ejemplo ilustrativo ha sido la difusión de vídeos de entrenamiento de modelos como el G1 de Unitree, donde se ve al robot replicando movimientos de artes marciales. En uno de estos ensayos, un cambio de postura del entrenador provoca que el robot lance una patada sin distinguir lo que tiene delante, con el consiguiente golpe al propio operador. La escena ha servido para recordar que trabajar tan cerca de máquinas potentes requiere protocolos estrictos y sistemas de parada de emergencia muy fiables.

Expertos en consultoría empresarial calculan que, por cada 100 dólares invertidos en desarrollar robots para el puesto de trabajo, hasta 80 podrían destinarse a garantizar la seguridad y evitar daños a las personas. Desde este punto de vista, el gran desafío no es solo que el humanoide haga una tarea, sino que la haga de manera consistente sin convertirse en un riesgo añadido en la línea de producción.

En paralelo, los desarrolladores se enfrentan a una dificultad técnica recurrente: reproducir el movimiento humano de manos y dedos con suficiente precisión. Muchas manos robóticas todavía carecen de los grados de libertad necesarios para manipular objetos variados como lo haría una persona, lo que limita el tipo de trabajos que pueden asumir en entornos no controlados.

Expectativas infladas, prototipos caros y riesgo de burbuja

Mientras el ecosistema industrial se prepara para escalar, una parte del sector ha empezado a reconocer que el relato mediático sobre los humanoides ha ido varios pasos por delante de la tecnología disponible. En conferencias recientes en Estados Unidos, ingenieros de empresas como Tesla o Agility Robotics han admitido que el entusiasmo del mercado ha superado las capacidades reales de sus máquinas.

Los vídeos que se hacen virales —robots corriendo, bailando o moviéndose con aparente soltura— suelen corresponder a demostraciones muy guionizadas, donde el entorno está controlado al milímetro. En el día a día de una fábrica, con turnos largos, polvo, variaciones de temperatura y tareas cambiantes, la foto es bastante distinta: muchos humanoides siguen en fase de validación y no han demostrado todavía que puedan trabajar de forma rentable durante horas sin intervención continua de técnicos especializados.

Otro punto débil está en los costes actuales de los prototipos avanzados. Diversos análisis sitúan el precio de unidades punteras entre 150.000 y 500.000 dólares por robot, cifras que los hacen poco competitivos frente a la mano de obra humana o frente a robots industriales especializados. Para que el modelo económico tenga sentido en sectores como la logística o la manufactura, habría que bajar ese coste a una horquilla mucho más modesta, en torno a los 20.000-50.000 dólares.

Además del precio de compra, entra en juego la fiabilidad: plataformas como Apollo de Apptronik, por citar un ejemplo, ofrecen autonomías en torno a las cuatro horas, muy alejadas de un turno laboral completo. A esto se suma la complejidad de mantenimiento de máquinas con decenas de articulaciones, motores y sensores, que encarecen cada hora efectiva de trabajo.

En China, la propia Comisión Nacional de Desarrollo y Reforma ha llegado a advertir del riesgo de una burbuja en el mercado de robots humanoides, ante la avalancha de nuevas compañías y la proliferación de productos similares. El temor es que la combinación de hype mediático, expectativas de los inversores y presión por sacar algo al mercado genere una oleada de humanoides poco útiles, caros y con alto índice de fallos, lo que podría desembocar en una corrección brusca y frenar la innovación a medio plazo.

Estados Unidos y Europa, entre la integración vertical y la cautela

Frente a la estrategia china basada en volumen, coste y subvenciones, empresas estadounidenses están apostando por un modelo de integración vertical. La idea es controlar piezas clave de la cadena de valor, desde los actuadores que mueven las articulaciones hasta el software de inteligencia artificial que gobierna al robot, con el objetivo de asegurar un mayor rendimiento, argumentos de seguridad más sólidos y una propiedad intelectual defendible.

Este enfoque tiene ventajas evidentes, pero también implica desarrollar internamente muchos componentes que otros países adquieren en un mercado más fragmentado. El resultado es un ritmo de despliegue quizá más lento, pero con la esperanza de diferenciarse por calidad y control tecnológico frente a rivales centrados en abaratar rápidamente el hardware.

En paralelo, tanto Washington como Bruselas estudian marcos regulatorios específicos para la robótica avanzada. En Estados Unidos se habla incluso de órdenes ejecutivas que definan las reglas del juego, mientras que en Europa la conversación se cruza con normativas sobre IA, seguridad de máquinas y responsabilidad civil. La clave será encontrar un equilibrio que proteja a trabajadores y usuarios sin ahogar la experimentación necesaria para que el sector madure.

Los analistas prevén que, con el tiempo, los mercados de China y Estados Unidos acaben convergiendo en tamaño, con una adopción de gran volumen en hogares a partir de 2040 si se logran abaratar y robustecer estas plataformas. Hasta entonces, la mayoría de despliegues seguirán centrados en sectores muy concretos y en pilotos controlados.

Mientras tanto, países europeos como España observan estos movimientos con interés. Aunque el foco local está hoy más ligado a la robótica asistencial, exoesqueletos y automatización específica que a los humanoides generalistas, la evolución del sector en Alemania y China marcará en buena medida las oportunidades futuras para la industria y los centros de investigación del continente.

El panorama que se dibuja alrededor de los robots humanoides es el de una tecnología con un enorme potencial pero todavía cargada de incógnitas: China impulsa su despliegue con centros de entrenamiento masivo, un tejido empresarial muy amplio y fuerte apoyo político; Europa y, en particular, Alemania buscan un hueco propio apostando por la industrialización y la IA física; Estados Unidos intenta diferenciarse mediante la integración vertical y el control de componentes clave, mientras expertos de todo el mundo recuerdan que, a día de hoy, la brecha entre lo que prometen las demostraciones y lo que pueden hacer realmente estas máquinas sigue siendo grande, tanto en términos técnicos como económicos y regulatorios.